La ciencia contra los U-boote
La dependencia casi absoluta de Gran Bretaña respecto al tráfico marítimo siempre ha constituido el punto débil del potencial bélico británico, aprovechado con frecuencia por sus adversarios. En 1939 Hitler utilizó a los U-boote en un intento de inducir a Gran Bretaña a la rendición. El valor de las tripulaciones de los submarinos fue sin embargo, igualado por el de los marinos británicos y sus aliados, apoyados por avances tecnológicos que, finalmente, demostraron ser decisivos.
La ciencia representó un importante factor, no sólo por las innovaciones técnicas que derivaron de ella, sino también por las soluciones que ofreció a la «búsqueda operativa», en razón de los problemas planteados por las exigencias del tráfico marítimo, respondiendo a cuestiones teóricas como las dimensiones y formas óptimas de los convoyes, el número y posición de las unidades de escolta, la conveniencia o no de la navegación independiente (con mayor riesgo de pérdidas dobles o triples, pero con una proporción buques/días más favorable en el transporte de la carga), la elección de las rutas y periodicidad más adecuadas, etc.
Los principales puntos débiles de los U-boote residían en su baja velocidad e insuficiente autonomía en inmersión y en superficie, su limitado horizonte de visibilidad (normalmente de unos 16 km). Se consideró que los buques mercantes reagrupados constituían un blanco menos localizable estadísticamente que los buques en navegación independiente; más aún, una vez localizado, un convoy funcionaba como un señuelo para atraer a los submarinos al alcance de las unidades de escolta, lo que ahorraba tiempo y energía en la búsqueda, notoriamente eficaz sólo si se efectuaba en los puntos de tránsito de los buques y no en las extensiones oceánicas.
El Almirantazgo británico revisó asimismo el viejo criterio según el cual un convoy no debía superar las 40 unidades. Efectivamente, considerando que las unidades de escolta necesarias normalmente eran tres por convoy más una cada diez buques adicionales, resultaba que se necesitaban cinco para un convoy de 20, siete para uno de 40, nueve para uno de 60, debido a que el perímetro circular de una formación -sobre el que se disponen normalmente las unidades de escolta- aumenta proporcionalmente menos que el área ocupada por los buques que lo componen, con el resultado de que para 100 mercantes, el perímetro es sólo 2,5 veces superior que el de un convoy de 20 unidades (con la necesidad, además, de 13 unidades de escolta frente a, por ejemplo, las 25 necesarias para cinco convoyes de 20). Bajo la presión de tantas exigencias, a principios de 1943 se adoptó el criterio de formar convoyes muy numerosos. Inmediatamente las pérdidas disminuyeron a la mitad.
Un buque aislado, en superficie, podía aumentar su limitado horizonte de visibilidad mediante la escucha hidrofónica o al avistar el humo de los mercantes, mientras que un grupo de submarinos incrementaba la posibilidad de interceptación al desplegarse sobre una línea perpendicular a la probable ruta del convoy. Una vez establecido el contacto, el submarino inmedialamente comunicaba la señal de descubierta de alta frecuencia al mando de tierra que lo retransmitía a todos los submarinos en navegación para que se aproximaran al objetivo y se reagruparan con la conocida táctica de «manada de lobos» (Ru-del Taktik). Los puntos débiles de este sistema -que eran aprovechados por el adversario- radicaban en la necesidad de navegar hacia la presa en superficie y también el gran tráfico de radio que se producía en situaciones de descubierta.
Las señales interceptadas por los británicos, incluso antes de ser descifradas, indicaban, con la dirección de procedencia, qué convoy estaba amenazado en aquel momento y qué refuerzos eran necesarios. Un importante paso adelante fue la instalación, en dos o tres buques de la formación, de un radiogoniómetro de alta frecuencia (HF/DF o «Huff Duff», High-Frecuency Direction Finder) que permitía averiguar si una transmisión procedente de un buque enemigo representaba una amenaza real inmediata por su proximidad o posición. En caso afirmativo, el buque de escolta en la posición más adecuada, se precipitaba sobre el submarino para hundirlo o bien obligarlo a sumergirse y, por tanto, a perder el contacto, casi siempre definitivamente, ya que las prestaciones de los submarinos alemanes en Inmersión eran bastante mediocres en aquella época. Las prestaciones del Asdic (ecogoniómetro) ampliamente utilizado en los buques de guerra británicos, fueron sobrevaloradas en el período anterior al conflicto, tanto que los submarinos alemanes atacaban de noche y en superficie, confiando también en sus reducidas dimensiones. La verdadera respuesta a la amenaza de los submarinos fue el radar, inicialmente el tipo ASW modificado de ondas métricas y gradualmente sustituido por el centimétrico.
El avión demostró ser el principal enemigo del submarino emergido. El único inconveniente planteado por su presencia sobre un convoy derivaba de las necesarias transmisiones radiofónicas en una zona en la que se exigía un silencio absoluto.
El primer éxito atribuible al radar se produjo en noviembre de 1941. A principios de 1943 nuevos radares de ondas más cortas anularon el interceptador alemán y durante un trimestre las pérdidas de los submarinos se elevaron a un promedio de uno al día. Las navegaciones nocturnas en superficie, aunque sólo fuera para recargar baterías, llegaron a ser extremadamente peligrosas cuando los aviones aliados tuvieron en dotación los proyectores Leigh de elevada Intensidad luminosas (80 millones de bujias), armas suplementarias a bordo y cargas de profundidad más modernas, con los que preparaban ataques imprevistos en la oscuridad de la noche.
Los alemanes para no sucumbir, desarrollaron a su vez el esnórquel, pero con este nuevo avance técnico las prolongadas y lentas navegaciones en inmersión para llegar a las zonas asignadas agotaban casi toda la autonomía del submarino, mientras que la elevada velocidad en superficie no era utilizable. El rendimiento de los submarinos bajó rápidamente; asimismo el desesperado recurso de reforzar su armamento antiaéreo y de aceptar el combate en emersión no sirvió de nada. Tales tácticas se revelaron contraproducentes, dado que las pérdidas aumentaron.
Entre otros sistemas los norteamericanos contribuyeron con el MAD (Magnetic Anomaly Detector, detector de anomalías magnéticas) en 1942 y con las sonoboyas al año siguiente. Los británicos, introdujeron en servicio el FIDO, un torpedo antisubmarino guiado, lanzable desde aviones a mediados de 1943; por último, los alemanes construyeron los submarinos de elevada velocidad «Tipo XXI» y «Tipo XXIII»: los primeros podían navegar en Inmersión a una velocidad de 16 nudos y, además, disponían de sistemas de lanzamiento y torpedos más avanzados. Por suerte para los aliados entraron en servicio demasiado tarde para producir efectos decisivos.
Articulo Perteneciente a la Colección Maquinas de Guerra, fasciculo Numero 62




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